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sábado, 8 de noviembre de 2014

Nievan imposibles.

A veces nievo y derrito nostalgias.
Otras sangro corazones al anochecer encendiendo
las hogueras de miserias de cada mendigo.

De vez en cuando soy la frase que inspira un poema 
o el sol que enfría los cafés voyeur 
que nos observan darle otro uso a la pared.

En cada estación metamorfoseo 
en una nueva rima sin sentido. 
Y cada noche relevo a morfeo 
cuando le entra sueño.

Puedo ser la risa fácil y las heridas incurables 
en las rodillas 
de una niña de cuarenta años en la esquina de Montera.


Me podéis encontrar en una barba que nunca ha crecido por la guerra o
en las que perecen enganchadas al tiempo. 
Aunque normalmente suelo estar de viaje entre sus piernas.

Hay quien me dice que soy la brocha del Otoño 
y las agujas de tatuar libros.
Mi nombre se confunde entre los versos
de aquellos que ya murieron.

Pero sin duda mis oídos
responden si me llamas a la puerta 
con los nudillos de tus latidos.
O si te quitas el vestido,
dejándome sin sentido.

Tengo las manos esquinadas 
de tanto acariciar la pantalla 
que señala la distancia 
como; "no pisar, recién pintada".

Mis pasos son las vías del tren
a cada parada en la rutina.
Mi piel la llevo por dentro 
porque me gusta que ella 
me acaricie mis profundidades.

Voy vestido y desnudo.
Porque llevo puesto sus derrumbes 
pero voy enseñando mis asfixias. 

Los lunes corro a tus labios, 
y el resto de la semana la disfruto
entre tus sueños. 

Dibujo tu nombre en cada rincón
y reduzco la distancia a un botón.
El de tu pantalón. 

Soy la soledad en Madrid, 
los domingos en casa, 
y el vacío de las terrazas. 

Un cielo que camina descalzo
y un náufrago que ama su vida.
Es difícil escapar de mi, 
soy la amnesia de mar 
en la tempestad de un parto. 

Una marioneta que creyó ser bailarina
y el loco que se hizo genio.
Los "háblame" sin respuesta
y los "cállate" con demasiadas.











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