A veces nievo y derrito nostalgias.
Otras sangro corazones al anochecer encendiendo
Otras sangro corazones al anochecer encendiendo
las hogueras de miserias de cada mendigo.
De vez en cuando soy la frase que inspira un poema
o el sol que enfría los cafés voyeur
que nos observan darle otro uso a la pared.
En cada estación metamorfoseo
en una nueva rima sin sentido.
Y cada noche relevo a morfeo
cuando le entra sueño.
Puedo ser la risa fácil y las heridas incurables
en las rodillas
de una niña de cuarenta años en la esquina de Montera.
Me podéis encontrar en una barba que nunca ha crecido por la guerra o
en las que perecen enganchadas al tiempo.
Aunque normalmente suelo estar de viaje entre sus piernas.
Hay quien me dice que soy la brocha del Otoño
y las agujas de tatuar libros.
Mi nombre se confunde entre los versos
de aquellos que ya murieron.
Pero sin duda mis oídos
responden si me llamas a la puerta
con los nudillos de tus latidos.
O si te quitas el vestido,
dejándome sin sentido.
Tengo las manos esquinadas
de tanto acariciar la pantalla
que señala la distancia
como; "no pisar, recién pintada".
Mis pasos son las vías del tren
a cada parada en la rutina.
Mi piel la llevo por dentro
porque me gusta que ella
me acaricie mis profundidades.
Voy vestido y desnudo.
Porque llevo puesto sus derrumbes
pero voy enseñando mis asfixias.
Los lunes corro a tus labios,
y el resto de la semana la disfruto
entre tus sueños.
Dibujo tu nombre en cada rincón
y reduzco la distancia a un botón.
El de tu pantalón.
Soy la soledad en Madrid,
los domingos en casa,
y el vacío de las terrazas.
Un cielo que camina descalzo
y un náufrago que ama su vida.
Es difícil escapar de mi,
soy la amnesia de mar
en la tempestad de un parto.
Una marioneta que creyó ser bailarina
y el loco que se hizo genio.
Los "háblame" sin respuesta
y los "cállate" con demasiadas.
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